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IBID: Historias de Metaforópolis![]() |
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"Tengo un reloj de treinta horas,
se pone en marcha al decidir..."
(Nacha Pop)
Así pues, se decidió que cada quien
pusiera su reloj a la hora que se le antojara. El emperador de Belicuacento,
Vivolpi, pugnaba por mantenerse al mismo horario que tenían los países
más extranjeros, con evidentes fines prácticos a nivel global para
las relaciones interplanetarias. Pero el monarca de la Confederación
Metaforopolitana, el rey Andremanué el Tabaqueño, insistía
en que debía preguntar a sus súbditos la hora que a ellos les
parecía bien que tuviera Metaforópolis,
sin importar que la población predominante fueran los
emelandeses, los cuales, es bien
sabido, excepto por ellos mismos, no suelen estar en ná y no saben lo que
quieren ni para qué lo quieren.
Pasando por alto este punto y
otros de suma importancia, Andremanué el Tabaqueño convocó
a los súbditos metaforopolitanos a votar por el horario que querían.
Prácticamente había dos opciones: el de verano y el de invierno.
Sin embargo, el 98% de la población cayó en el renglón que
dice "no sabe o no contesta". Del 2% restante, hubo respuestas muy
variadas. Entre lo que la población puesta a elegir tuvo a bien
manifestar, resaltaron respuestas como: "Quiero el horario de
primavera-verano"; "prefiero el de otoño-invierno"; "Yo
quisiera el mismo horario de
Numérida, para que cuando
le hable por teléfono a mi 'mare' ella esté despierta, igual que
yo"; "Yo deseo que ahora el sol mejor salga en las noches, porque en
la tarde hace mucho calor"; "A mí me gustaría que
siempre fuera domingo"; "Quiero que sea el horario sólo entre
las nueve de la noche y las cinco de la mañana. O sea, que de las cinco
de la mañana se pase a las nueve de la noche, excepto los sábados
y los domingos, que no hay que trabajar"; y varias otras respuestas que
conservaban la misma esencia idiosincrásica.
La sensatez aconsejaba no tomar en cuenta dicha encuesta, anular la toma de parecer y decretar que el 2% no era representativo y por lo mismo, y porque además había que reconocer que la consulta no fue una buena idea, Metaforópolis se sujetaba al sistema intergaláctico de horarios.
Ah, pero el rey Andremanué el Tabaqueño no era más sensato que justo. Él había dicho, "primero los pobres", y así fueran pobres de espíritu, de ideas, de ánimo o de cualquier otra cualidad, sólo ellos opinaron cuando se les permitió y lo justo era cumplirles. De modo que ese año, el 2001, todo el Planeta Mundo se rigió por los horarios establecidos a nivel global, excepto Metaforópolis, la ciudad muy grande del Universo, donde cada quien puso su reloj a la hora que mejor le pareció.

No hubo mayor problema, en realidad. El resto del planeta, para no entrar en conflicto con sus sistemas, simplemente interrumpió sus relaciones comerciales, sus comunicaciones y sus conexiones de transportación durante el tiempo que Metaforópolis mantuvo su propio horario de primavera-verano. En otras palabras, para el resto del mundo Metaforópolis no existió durante varias lunas. Es por eso que no hubo mayor confusión en cuestión de vuelos, envíos o transmisiones satelitales.
Dos años
más tarde, y fiel a su promesa de tomar parecer a sus necios súbditos,
el rey Andremanué el Tabaqueño realizó una nueva encuesta
para ver si su pueblo deseaba seguir bajo su prudente mandato. Una vez más,
sólo el 2% de los entusiastas metaforopolitanos acudió a la
convocatoria. Básicamente la pregunta del rey Andremanué era: "¿Deseas,
oh súbdito mío, que continúe yo en el trono de Metaforópolis,
sí o no?".
Sin embargo, los ciudadanos de la surrealista ciudad muy grande del Universo respondieron cosas tales como: "Yo quisiera que ahora nos gobernara un famoso comediante"; "Yo preferiría a una guapa conductora de televisión, Reboca de la Mañana, por ejemplo"; "A mí me gustaría que vuelva al trono el rey Orejillo Ponte de Cañón, o el rey Orejarlos Sardinas, ya que ellos no fueron suficientemente crueles"; "Que vuelva Espirituosa Viñarreal al trono"; "Yo quisiera que ahora nos gobernara una vaca, como dicen que hacen en la lejana tierra del Indiostán"...
Una vez más, el rey Andremanué el Tabaqueño, aunque desconcertado, quiso ser justo y, mientras se rascaba la cabeza y pensaba si sería una fatal verdad aquello de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, entregaba su cetro a un viejo conocido de los metaforopolitanos, el rey Orejarlos Sardinas, "El de la mollera reluciente", quien esbozando una mefistofélica sonrisa había retornado de lejanas y verdes tierras para dirigir los destinos de la gran Metaforópolis, la ciudad muy grande del Universo.